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 Ayer fuimos a ver La Ceguera (Blindness, 2008, Brasil, Japón y Canadá), una adaptación cinematográfica del libro Ensayo sobre la ceguera del escritor portugués José Saramago publicado por primera vez en 1995, sin duda uno de sus libros más vendidos. Cuenta la historia de una extraña epidemia de ceguera blanca que asola a todo un país, se quedan ciegos uno a uno, menos una mujer que para acompañar a su esposo enfermo finge estar ciega. El Estado decide que la reclusión de la gente que se está quedando ciega es la mejor decisión hasta que se sepa cómo se contagia el mal. La narración sigue la vida de un grupo de ciegos hacinados en una especie de hospital público, viven su propia guerra interna por el alimento, las camas, en las condiciones más infrahumanas que puedan imaginar.
La ceguera sirve en esta historia como una metáfora del egoísmo humano llevado hasta el límite de ya no ser capaz de ver al otro que sufre, al otro que necesita, e incluso que ya no puedes ni verte a tí mismo de manera crítica. No se refiere sólo a la enfermedad física, va más allá para dejarnos ver una enfermedad mental, social, espiritual que aqueja a la sociedad actual enferma de individualismo.
La versión en cine la dirigió Fernando Meirelles, un director brasilero que logró mi simpatía con El Jardinero fiel (2005) y mi devoción total con Ciudad de Dios (2002). El guión lo realizó Don Mckellar, escritor, actor, director canadiense, que fue co-escritor de una película que me gusta mucho El Violín Rojo. Aparece como actor en la película canadiense Exotica de Atom Egoyan, una de mis favoritas. En definitiva mucho talento junto en este film, sumado a la participación de los actores estelares Julianne Moore (Hijos de los hombres de Cuarón, Vidas cruzadas de Altman, Magnolia de Anderson) y Mark Ruffalo (You can count on me de Lonergan, XX/XY de Austin Chick, El asesino del zodíaco de David Fincher). Como ahora soy mexicana: Bravo, Gael.
Cuando leí Ensayo sobre la ceguera quedé muy impresionada, es una obra escalofriante y además con una tensión literaria que nunca decae. No hay nombres de los personajes, sólo descripciones tan buenas que logras verlos en tu mente mientras lees. Siempre digo que prefiero el género del efímero cuento porque la novela me estresa, si es buena inevitablemente me produce insomnio y estar varios días sin dormir es terrible, con este libro fue así… lo leí todo sin parar, no podía soltarlo. Antes de entrar a la peli me daba curiosidad la adaptación de dos escenas fuertes del libro, una, cuando en el encierro los hombres ciegos de un pabellón deciden acaparar los alimentos y comienza una guerra interna que desemboca en la petición de mujeres a cambio de alimentos, y dos, una escena casi hasta el final donde la protagonista (que sí ve) consigue una despensa repleta de alimentos y decide extraerlos en medio de una masa de gente ciega y muerta de hambre que le arrancan la ropa, la agarran y la jalonean. En el libro a leerlas se te paran los pelos de punta, es tan fuerte, tan, tan fuerte.
La película me pareció excelente, la adaptación buena, esas escenas sacaron 10 puntos. Las actuaciones están bien (mejor Moore que Ruffalo; Gael hermoso y buen actor como siempre), la fotografía maravillosa es del uruguayo César Charlone, que ya había acompañado magistralmente a Meirelles en Ciudad de Dios y el Jardinero Fiel. Pero lo que más me gustó es la atmósfera general de la película, sobre todo de las escenas en el hospital y también de la ciudad desolada -llena de gente caminando sin rumbo- ya casi al final. Respetaron ese micromundo salvaje, agresivo, degradado y también frágil que uno intuye mientras lee las letras de Saramago: las desgracias de un pedacito del mundo que de pronto devienen las mismas penurias del planeta entero, los aciertos y errores de un grupo de ciegos que son al mismo tiempo ellos, nosotros y la humanidad.
La trama de Ceguera atrapa porque muestra emociones universales, similares a las que hemos sentido todos independientemente de la clase social, partido político, género, situación económica, etc. Ternura, odio, verguenza, rabia, desesperación, tristeza, ganas de matar a alguien, ternura, todo junto. Es también una muestra del comportamiento que puede surgir en los humanos cuando las situaciones sociales se desbordan, cambian, cuando se nos acosa, encierra y somete a vejaciones, violaciones, hambre, agresiones, se nos quitan nuestros nombres y se nos deja en el anonimato, en el hacinamiento, se nos vuelve masa indefinida y sufriente. Cuando sufrimos una situación digamos de tipo orwelliana (autoritaria).
Ambas obras, película y libro, me recuerdan el experimento real que el Dr. Zimbardo llevó a cabo en la Universidad de Standford (EEUU, 1971) simulando los cambios en la psicología humana durante el encarcelamiento.  Quería observar cuáles eran los efectos psicológicos de convertirse en preso o en carcelero, para lo cual construyó una cárcel y unos estudiantes voluntarios entraron en ella, unos como presos y otros como carceleros. Se supone que el experimento duraría dos semanas pero fue interrumpido a los seis días porque los estudiantes-guardas se volvieron sádicos, torturaron y vejaros a sus compañeros-reclusos, y los estudiantes-reclusos se tornaron depresivos, mostrando síntomas de estrés agudo. Este experimento científico fue la inspiración en Alemania de una súper película llamada El Experimento dirigida por Hirschbiegel (2001) y de la novela Black box de Mario Giordano. Hay varios experimentos mundiales de psicología social sobre las fronteras de la mente humana y del comportamiento: Milgram (1963), El Experimento de la Cueva de los ladrones (1954), Asch (1951), Rosenhan (1972), Sherif (1954), etc.
 Lo que tienen en común, Ceguera y El Experimento, es el realismo con el que muestran la decadencia humana producto del hacinamiento, de la despersonalización y la desorientación de los personajes en sitios como los hospitales, cárceles y centro de salud mental. También retratan situaciones similares como las violaciones sexuales, los secuestros, las escuelas represivas, los campos militares (donde algunos gustan de mandar a sus hijos), incluso -debo decir- que una familia disfuncional y castigadora como la del Castillo de la Pureza (Ripstein, 1972) o una escuela donde haya abuso entre pares puede resultar una cárcel, un hospital o un encierro como el de Ceguera. Recordemos también la novela El Señor de las Moscas de Golding, para muestra un botón.
El hacinamiento y los malos tratos producen un efecto deshumanizador en las personas, se nos quita “eso humano” que nos diferencia de los animales. De hecho en estas condiciones denigrantes e indignas las personas se vuelven objetos para los represores y la desesperación se adueña de las víctimas que algunas veces comienzan también a distanciarse de sí mismas (evasión) y a sentirse “objetos culposos”. Lo primero en abandonarse es la higiene y la hospitalidad. Negar la comida suele usarse como medida de castigo en estas situaciones de encierro. Todas aparecen en la película magistralmente.
El final de la historia: ¿una especie de esperanza?, ¿una metáfora de que tenemos salvación los humanos? Yo creo que sí tenemos salvación, el tema es por dónde comenzar hoy a curar la gran herida colectiva.
Amén
T.R.
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