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El Budismo en el libro “Filosofías de la India”

el-iluminado

 

ADELANTO DEL LIBRO “FILOSOFÍAS DE LA INDIA”

DE HEINRICH ZIMMER

Compilado por Joseph Campbell

Traducción al español realizada por J. A. Vázquez

Copyright © 2009 Editorial Sexto Piso, México DF.

(Próxima novedad editorial)

 

La doctrina del Buda se llama yana. Esta palabra significa «vehículo» o, más propiamente, «barca». La barca es la principal imagen empleada por el budismo para traducir el sentido y la función de la doctrina. Esta idea persiste a través de todas las enseñanzas divergentes y antagónicas de las múltiples sectas budistas que se han desarrollado en muchos países durante el largo curso de la historia magnífica de esta doctrina tan diseminada. Cada secta describe el vehículo a su manera, pero, sin importar cómo se lo describa, siempre se alude a la barca.

Para apreciar todo el poder de esta imagen y comprender la razón de su persistencia, tenemos que comenzar por entender que en la vida hindú cotidiana la barca desempeña un papel muy importante. Es un medio de transporte indispensable en un continente cruzado por muchos grandes ríos, donde prácticamente no hay puentes. Para llegar al destino de casi cualquier viaje se hace necesaria, repetidamente, una barca de ese tipo, pues la única manera posible de cruzar las anchas y rápidas corrientes es mediante una barca o por un vado. Los jainas llamaban «vado» (tirtha) a su camino de salvación, y los supremos maestros jainas eran, como hemos visto, Tirthankaras, «los que producen o proporcionan un vado». En el mismo sentido, el budismo, con su doctrina, proporciona una barca que cruza el impetuoso río del samsara para conducir a la distante ribera de la liberación. El individuo es transportado a través de la iluminación (bodhi).

Podemos aprehender más fácil y adecuadamente la esencia del budismo si sondeamos las principales metáforas que utiliza para captar nuestra intuición, que si emprendemos un estudio sistemático de la complicada superestructura y los detalles menudos de su enseñanza. Por ejemplo, basta pensar por un momento en la experiencia real y cotidiana de cruzar un río en una barca, para llegar a la sencilla idea subyacente que inspira las diversas sistematizaciones racionalizadas de la doctrina. Entrar en el vehículo budista —la barca de la disciplina— significa comenzar a cruzar el río de la vida, desde la orilla de la experiencia que el sentido común nos proporciona acerca de la no iluminación, la orilla de la ignorancia espiritual (avidya), el deseo (kama) y la muerte (mara), hacia la otra orilla de la sabiduría trascendental (vidya), que es la liberación (moksa) de esta esclavitud general. Consideremos brevemente las etapas reales implícitas en cualquier cruce de un río en una barca y veamos si podemos experimentar ese pasaje como una especie de iniciación, por analogía, en el sentido de las etapas del progreso que realiza el peregrino budista en camino hacia su meta.

De pie en esta orilla, de este lado del río, esperando que llegue la barca, formamos parte de esta vida, compartiendo sus peligros y oportunidades y todo lo que pueda ocurrir en ella. Sentimos el calor o el fresco de sus brisas, oímos el susurro de sus árboles, experimentamos el carácter de su gente y sabemos que la tierra está bajo nuestros pies. Entretanto, la otra orilla, la orilla lejana, está más allá de nuestro alcance, es una mera imagen óptica del otro lado de la ancha corriente de agua que nos separa de su desconocido mundo de formas. No podemos imaginar cómo será estar en esa tierra lejana, cómo aparecerá este mismo paisaje del río y de sus dos costas vistos desde el otro lado, hasta qué punto serán visibles estas casas entre los árboles, qué perspectivas se divisarán río arriba y río abajo. Todo lo que está aquí, tan tangible y real para nosotros ahora —estos objetos reales y sólidos, estas formas tangibles— no será más que remotas manchas visuales, efectos ópticos sin consecuencias, sin poder de tocarnos ni para bien ni para mal. Esta misma tierra sólida será una línea visual horizontal columbrada desde lejos, un detalle de una amplia vista panorámica, allende nuestra experiencia y sin más fuerza para nosotros que un espejismo.

La barca arriba y, al aproximarse al embarcadero, la miramos con interés. Trae consigo algo del aire de aquella tierra del más allá que pronto será nuestro destino. Pero, cuando estamos entrando en ella, todavía nos sentimos como miembros del mundo al que pertenecíamos y queda aún ese sentimiento de irrealidad acerca de nuestro destino. Cuando levantamos nuestros ojos de la barca y el barquero, todavía la otra orilla es sólo una remota imagen, sin más sustancia que antes.

Suavemente la barca se aleja y comienza a deslizarse cruzando las aguas movedizas. Enseguida nos damos cuenta de que acabamos de cruzar una línea invisible, más allá de la cual la orilla que queda atrás asume gradualmente la insustancialidad de una mera impresión visual, una especie de espejismo, mientras que la otra orilla, acercándose lentamente, comienza a convertirse en algo real. La antes oscura lejanía se convierte en la nueva realidad y es pronto tierra firme que cruje a nuestro paso —arena y piedra que pisamos al desembarcar—, mientras que el mundo que dejamos atrás, recientemente tan tangible, se ha convertido en un reflejo óptico carente de sustancia, inalcanzable y absurdo, que ha perdido el encanto que antes tenía para nosotros —con todos sus rasgos, todas sus personas y sucesos—, cuando caminábamos por él y nosotros mismos éramos parte de su vida. Además, esta nueva realidad, que ahora nos posee, nos proporciona una vista nueva del río, el valle y las dos costas, una vista muy diferente de la otra, y completamente inédita.

Ahora bien, mientras cruzábamos el río en la barca, con la orilla lejana tornándose cada vez más vaga e insignificante —las casas, los hogares, los peligros y placeres se alejaban constantemente— hubo un período en el cual la línea de la costa que teníamos por delante estaba todavía bastante lejos también, y durante ese tiempo la única realidad tangible que nos rodeaba era la barca, luchando intrépidamente con la corriente y flotando en forma precaria en las rápidas aguas. Los únicos detalles de la vida que entonces parecían muy sustanciales y que mucho nos importaban eran los diversos elementos y accesorios de la barca misma: los contornos del casco y de la borda, el timón y la vela, los diversos cabos y, acaso, el olor del alquitrán. El resto de lo existente, ya fuera lo que estaba adelante o lo que habíamos dejado atrás, no significaba otra cosa que una esperanza animadora y un recuerdo que se desvanece: dos polos de asociación sentimental irrealista, vinculados a ciertos grupos de efectos ópticos ya muy remotos.

En los textos budistas, esta situación de las personas que se encuentran en una barca es comparada con la de los que han tomado pasaje para viajar en el vehículo de la doctrina. La barca es la enseñanza del Buda, y los elementos de la barca son los diversos aspectos de la disciplina budista: meditación, ejercicios de yoga, reglas de vida ascética y práctica del autorrenunciamiento. Éstas son las únicas cosas que los discípulos en el vehículo pueden considerar con profunda convicción; esas personas tienen ferviente fe en el Buda como piloto y en la Orden como borda limitadora (que enmarca, protege y define su perfecta vida ascética), así como en el poder conductor de la doctrina. La línea costera del mundo ha quedado atrás, pero la distante línea de la liberación aún no ha sido alcanzada. Los de la barca, entretanto, se encuentran en una peculiar perspectiva intermedia, muy propia de ellos.

Entre las conversaciones del Buda, conocidas con el nombre de «Diálogos medianos» aparece un discurso sobre el valor del vehículo doctrinal. Primero el Buda describe a un hombre que, como él mismo o como cualquiera de sus discípulos, aborrece totalmente los peligros y placeres de la existencia secular. Ese hombre decide abandonar el mundo y cruzar el río de la vida hacia la otra orilla de la seguridad espiritual. Recogiendo madera y juncos, construye una balsa y por este medio consigue alcanzar la otra orilla. El Buda confronta entonces a sus monjes con una pregunta:

«¿Qué opinarían ustedes de este hombre, sería sensato si por gratitud para con la balsa, que le ha permitido cruzar el río y ponerse a salvo, habiendo llegado a la otra orilla, se aferrara a ella, la cargara sobre sus espaldas y caminara por todas partes llevando su peso?»

Los monjes replican: «No, ciertamente el hombre que eso hiciera no sería sensato».

El Buda prosigue: «¿No sería sensato el hombre que abandonó la balsa (que ya no le servía) a la corriente del río y siguió su camino sin volver la cabeza para mirarla? ¿No es acaso un simple instrumento, que debe arrojarse y desecharse una vez que ha servido a la finalidad para la cual fue construido?»

Los discípulos concuerdan en que ésta es la actitud correcta que debe adoptarse ante el vehículo una vez que ha servido a su finalidad.

El Buda entonces concluye: «De la misma manera el vehículo de la doctrina debe ser arrojado y desechado una vez que se alcanza la otra orilla de la Iluminación (nirvana)».[1]

Las reglas de la doctrina están dirigidas a los principiantes y a los discípulos avanzados, pero carecen de sentido para el perfecto. No sirven de nada al verdaderamente iluminado, salvo que, en su papel de maestro, las utilice como medio de sugerir la verdad que ha alcanzado. A través de esta doctrina, Buda trató de expresar lo que había conocido, bajo el árbol, como inexpresable. Podía comunicarse con el mundo mediante su doctrina y así ayudar a sus discípulos inmaduros cuando estuvieran prontos a emprender el camino o a mitad de él. Rebajando el nivel de las palabras hasta la altura de una ignorancia relativa o total, la doctrina puede conmover la mente aún imperfecta pero ardiente; pero no puede decir nada más, nada definitivamente real, a la mente que ha rechazado las tinieblas. Por lo tanto, como la balsa, debe ser dejada atrás una vez que la meta ha sido alcanzada; porque de allí en adelante no puede ser más que una carga incómoda.

Además, no sólo la balsa sino también el río se torna vacío de realidad para el que ha alcanzado la otra orilla. Cuando alguien que la ha alcanzado se vuelve a mirar de nuevo la tierra que ha quedado atrás, ¿qué es lo que ve? ¿Qué puede ver alguien que ha cruzado el horizonte más allá del cual no hay dualidad? Mira, y no hay «otra costa»; no hay torrencial río separador; no hay balsa; no hay barquero; no puede cruzarse el río inexistente. Sencillamente, ha desaparecido por completo la escena de las dos riberas y el río. No hay tal cosa para el ojo y la mente iluminados, porque ver o pensar en algo como si fuera «otro» (una realidad distinta, diferente del propio ser) significaría que aún no se ha alcanzado la plena Iluminación. Puede haber «otra orilla» sólo para gente que aún está en los planos de la percepción dualista: los que están de este lado del río o todavía dentro de la barca y encaminados hacia la «otra orilla»; los que aún no han desembarcado y arrojado la balsa. La Iluminación significa que la engañosa distinción entre las dos costas, como si una tuviera existencia mundana y la otra trascendental, ya no puede sostenerse. No hay un río de renacimientos que corre entre dos costas separadas; no hay ni samsara ni nirvana.

Así, el largo peregrinaje hacia la perfección a través de innumerables existencias, motivado por las virtudes del autorrenunciamiento y cumplido a costa de tremendos sacrificios del ego, desaparece como un paisaje de sueños cuando uno despierta. La larga historia de heroísmos, las muchas vidas de creciente unificación, la leyenda ilustrada de un desapego obtenido a través de una larga pasión, la santa epopeya del modo de convertirse en salvador —iluminado e iluminador— se desvanece como un arco iris. Todo se vacía, mientras que antes, cuando el sueño se desarrollaba paso a paso, con recurrentes crisis y decisiones, la interminable serie de dramáticos sacrificios mantenía al alma continuamente bajo su hechizo. El sentido oculto de la Iluminación es que este titánico esfuerzo de la pura fuerza anímica, esta ardiente lucha para lograr la meta por actos, siempre renovados, de autorrenunciamiento, esta larga y suprema lucha a través de eras de encarnaciones para liberarse de la ley universal de la causalidad moral (karma), carece de realidad. En el umbral de su propia realización se disuelve, junto con sus antecedentes de vida, como una pesadilla con el despuntar del día. Por lo tanto, para el Buda hasta la noción de nirvana carece de sentido. Está ligada a un par de opuestos y puede emplearse solamente en oposición a samsara, el torbellino donde la fuerza vital está hechizada en la ignorancia por sus propias pasiones polarizadas: el temor y el deseo.

El método budista de preparación ascética tiene como finalidad hacer comprender que no hay ego sustancial —ni ningún objeto en ninguna parte— que dure, sino sólo procesos espirituales que surgen y amainan: sensaciones, sentimientos, visiones, que pueden ser reprimidas o puestas en movimiento y observadas a voluntad. La idea de la extinción del fuego de la voluptuosidad, la mala voluntad y la ignorancia pierde sentido cuando se ha alcanzado este poder psicológico y este punto de vista; porque el proceso vital ya no se experimenta como un fuego ardiente. Por lo tanto, hablar en serio del nirvana como una meta que ha de alcanzarse es simplemente revelar la actitud de alguien que todavía recuerda o experimenta el proceso como un fuego ardiente. El Buda mismo adopta esa actitud sólo para enseñar a quienes aún sufren y quisieran extinguir las llamas. Su famoso «Sermón del fuego» es una adaptación, y de ningún modo la última palabra del sabio, cuya expresión definitiva es el silencio. Desde la perspectiva del Despierto, del Iluminado, verbalizaciones opuestas como nirvana y samsara, ilustración e ignorancia, libertad y esclavitud, carecen de referencia y de contenido. Por esta razón el Buda no quiere discurrir sobre el nirvana. La irrelevancia de las connotaciones que inevitablemente parecerían desprenderse de sus palabras confundiría a quienes trataran de seguir su misterioso camino. Como están todavía en la barca formada por estas concepciones y las necesitan como medio de transporte para llegar a la orilla del entendimiento, el maestro no negará ante ellos la función práctica de esos términos tan convenientes; pero tampoco les dará importancia discutiéndolos. Palabras como «iluminación», «ignorancia», «liberación» y «encadenamiento» son auxilios preliminares que no se refieren a una realidad última; son meras indicaciones o señales para el viajero, y sirven para indicarle la meta de una actitud que se encuentra más allá de las oposiciones que ellas mismas sugieren. Habiéndose abandonado la balsa y perdido la visión de las dos riberas y del río que las separa, entonces, en verdad, no hay reino de vida y muerte, ni liberación. Además, no hay budismo; no hay barca, puesto que no hay ni orillas ni aguas intermedias. No hay barca, y no hay barquero; no hay Buda.

Por ende, la gran paradoja del budismo es que ningún Buda jamás ha venido a iluminar el mundo con enseñanzas budistas. La vida y misión de Gautama Sakyamuni no es más que una incomprensión general de parte del mundo no iluminado, útil y necesaria para guiar el espíritu hacia la iluminación, pero que debe descartarse si —por ventura— la iluminación ha de alcanzarse. Un monje que no consigue desembarazarse de tales ideas, se adhiere con ellas al engaño general y mundano que él mismo cree estar tratando de dejar atrás. Porque, dicho en pocas palabras, mientras se considere al nirvana como algo diferente del samsara, queda todavía por superar el error más elemental acerca de la existencia. Estas dos ideas reflejan actitudes contrarias del individuo semiconsciente con respecto a sí mismo y a la esfera exterior en la que vive; pero, allende este ámbito subjetivo, carecen de sustantividad.

El budismo —credo popular que ha obtenido reverencia en toda Asia Oriental— contiene esta atrevida paradoja en su raíz misma; la más asombrosa interpretación de la realidad jamás susurrada al oído de un ser humano. Por lo tanto, todos los buenos budistas tienden a evitar las afirmaciones acerca de lo que existe y de lo que no existe. Su «camino intermedio» se mantiene como tal simplemente señalando que la validez de una concepción es siempre relativa a la posición que uno ocupa en el camino del progreso que lleva de la Ignorancia a la Budeidad.[2] Las actitudes de afirmación y de negación pertenecen a seres mundanos que se encuentran en esta orilla de la ignorancia, y a personas piadosas que avanzan en la abarrotada barca de la doctrina. Un concepto como el de Vacuidad (sunyata) sólo puede tener sentido para un ego que se apega a la realidad de las cosas; para quien ha perdido la sensación de que esas cosas son reales, semejante palabra no puede tener sentido. Y, sin embargo, palabras de esta clase perduran en todos los textos y enseñanzas. En realidad, el gran milagro práctico del budismo es que términos de esa clase, usados con éxito como trampolines, no se convierten en piedras sobre las cuales fundar y erigir un credo.

Nota mía: Las palabras subrayas del texto indican que se han suprimido los caracteres fonéticos en sánscrito y pali que aparecen en el original porque no los reconoce el blog. El título original es Philosophies of India (1951) y los derechos pertenecen a Bollingen Foundation New York, N. Y.

 

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

Copyright © 2009 Editorial Sexto Piso, México DF.


[1] Majjhima Nikaya, 3. 2. 22, 135.

[2] La Budeidad, la esencia o cualidad de ser un Buda, un Iluminado. (N. del T.)

El Budismo en el libro "Filosofías de la India"

el-iluminado

 

ADELANTO DEL LIBRO “FILOSOFÍAS DE LA INDIA”

DE HEINRICH ZIMMER

Compilado por Joseph Campbell

Traducción al español realizada por J. A. Vázquez

Copyright © 2009 Editorial Sexto Piso, México DF.

(Próxima novedad editorial)

 

La doctrina del Buda se llama yana. Esta palabra significa «vehículo» o, más propiamente, «barca». La barca es la principal imagen empleada por el budismo para traducir el sentido y la función de la doctrina. Esta idea persiste a través de todas las enseñanzas divergentes y antagónicas de las múltiples sectas budistas que se han desarrollado en muchos países durante el largo curso de la historia magnífica de esta doctrina tan diseminada. Cada secta describe el vehículo a su manera, pero, sin importar cómo se lo describa, siempre se alude a la barca.

Para apreciar todo el poder de esta imagen y comprender la razón de su persistencia, tenemos que comenzar por entender que en la vida hindú cotidiana la barca desempeña un papel muy importante. Es un medio de transporte indispensable en un continente cruzado por muchos grandes ríos, donde prácticamente no hay puentes. Para llegar al destino de casi cualquier viaje se hace necesaria, repetidamente, una barca de ese tipo, pues la única manera posible de cruzar las anchas y rápidas corrientes es mediante una barca o por un vado. Los jainas llamaban «vado» (tirtha) a su camino de salvación, y los supremos maestros jainas eran, como hemos visto, Tirthankaras, «los que producen o proporcionan un vado». En el mismo sentido, el budismo, con su doctrina, proporciona una barca que cruza el impetuoso río del samsara para conducir a la distante ribera de la liberación. El individuo es transportado a través de la iluminación (bodhi).

Podemos aprehender más fácil y adecuadamente la esencia del budismo si sondeamos las principales metáforas que utiliza para captar nuestra intuición, que si emprendemos un estudio sistemático de la complicada superestructura y los detalles menudos de su enseñanza. Por ejemplo, basta pensar por un momento en la experiencia real y cotidiana de cruzar un río en una barca, para llegar a la sencilla idea subyacente que inspira las diversas sistematizaciones racionalizadas de la doctrina. Entrar en el vehículo budista —la barca de la disciplina— significa comenzar a cruzar el río de la vida, desde la orilla de la experiencia que el sentido común nos proporciona acerca de la no iluminación, la orilla de la ignorancia espiritual (avidya), el deseo (kama) y la muerte (mara), hacia la otra orilla de la sabiduría trascendental (vidya), que es la liberación (moksa) de esta esclavitud general. Consideremos brevemente las etapas reales implícitas en cualquier cruce de un río en una barca y veamos si podemos experimentar ese pasaje como una especie de iniciación, por analogía, en el sentido de las etapas del progreso que realiza el peregrino budista en camino hacia su meta.

De pie en esta orilla, de este lado del río, esperando que llegue la barca, formamos parte de esta vida, compartiendo sus peligros y oportunidades y todo lo que pueda ocurrir en ella. Sentimos el calor o el fresco de sus brisas, oímos el susurro de sus árboles, experimentamos el carácter de su gente y sabemos que la tierra está bajo nuestros pies. Entretanto, la otra orilla, la orilla lejana, está más allá de nuestro alcance, es una mera imagen óptica del otro lado de la ancha corriente de agua que nos separa de su desconocido mundo de formas. No podemos imaginar cómo será estar en esa tierra lejana, cómo aparecerá este mismo paisaje del río y de sus dos costas vistos desde el otro lado, hasta qué punto serán visibles estas casas entre los árboles, qué perspectivas se divisarán río arriba y río abajo. Todo lo que está aquí, tan tangible y real para nosotros ahora —estos objetos reales y sólidos, estas formas tangibles— no será más que remotas manchas visuales, efectos ópticos sin consecuencias, sin poder de tocarnos ni para bien ni para mal. Esta misma tierra sólida será una línea visual horizontal columbrada desde lejos, un detalle de una amplia vista panorámica, allende nuestra experiencia y sin más fuerza para nosotros que un espejismo.

La barca arriba y, al aproximarse al embarcadero, la miramos con interés. Trae consigo algo del aire de aquella tierra del más allá que pronto será nuestro destino. Pero, cuando estamos entrando en ella, todavía nos sentimos como miembros del mundo al que pertenecíamos y queda aún ese sentimiento de irrealidad acerca de nuestro destino. Cuando levantamos nuestros ojos de la barca y el barquero, todavía la otra orilla es sólo una remota imagen, sin más sustancia que antes.

Suavemente la barca se aleja y comienza a deslizarse cruzando las aguas movedizas. Enseguida nos damos cuenta de que acabamos de cruzar una línea invisible, más allá de la cual la orilla que queda atrás asume gradualmente la insustancialidad de una mera impresión visual, una especie de espejismo, mientras que la otra orilla, acercándose lentamente, comienza a convertirse en algo real. La antes oscura lejanía se convierte en la nueva realidad y es pronto tierra firme que cruje a nuestro paso —arena y piedra que pisamos al desembarcar—, mientras que el mundo que dejamos atrás, recientemente tan tangible, se ha convertido en un reflejo óptico carente de sustancia, inalcanzable y absurdo, que ha perdido el encanto que antes tenía para nosotros —con todos sus rasgos, todas sus personas y sucesos—, cuando caminábamos por él y nosotros mismos éramos parte de su vida. Además, esta nueva realidad, que ahora nos posee, nos proporciona una vista nueva del río, el valle y las dos costas, una vista muy diferente de la otra, y completamente inédita.

Ahora bien, mientras cruzábamos el río en la barca, con la orilla lejana tornándose cada vez más vaga e insignificante —las casas, los hogares, los peligros y placeres se alejaban constantemente— hubo un período en el cual la línea de la costa que teníamos por delante estaba todavía bastante lejos también, y durante ese tiempo la única realidad tangible que nos rodeaba era la barca, luchando intrépidamente con la corriente y flotando en forma precaria en las rápidas aguas. Los únicos detalles de la vida que entonces parecían muy sustanciales y que mucho nos importaban eran los diversos elementos y accesorios de la barca misma: los contornos del casco y de la borda, el timón y la vela, los diversos cabos y, acaso, el olor del alquitrán. El resto de lo existente, ya fuera lo que estaba adelante o lo que habíamos dejado atrás, no significaba otra cosa que una esperanza animadora y un recuerdo que se desvanece: dos polos de asociación sentimental irrealista, vinculados a ciertos grupos de efectos ópticos ya muy remotos.

En los textos budistas, esta situación de las personas que se encuentran en una barca es comparada con la de los que han tomado pasaje para viajar en el vehículo de la doctrina. La barca es la enseñanza del Buda, y los elementos de la barca son los diversos aspectos de la disciplina budista: meditación, ejercicios de yoga, reglas de vida ascética y práctica del autorrenunciamiento. Éstas son las únicas cosas que los discípulos en el vehículo pueden considerar con profunda convicción; esas personas tienen ferviente fe en el Buda como piloto y en la Orden como borda limitadora (que enmarca, protege y define su perfecta vida ascética), así como en el poder conductor de la doctrina. La línea costera del mundo ha quedado atrás, pero la distante línea de la liberación aún no ha sido alcanzada. Los de la barca, entretanto, se encuentran en una peculiar perspectiva intermedia, muy propia de ellos.

Entre las conversaciones del Buda, conocidas con el nombre de «Diálogos medianos» aparece un discurso sobre el valor del vehículo doctrinal. Primero el Buda describe a un hombre que, como él mismo o como cualquiera de sus discípulos, aborrece totalmente los peligros y placeres de la existencia secular. Ese hombre decide abandonar el mundo y cruzar el río de la vida hacia la otra orilla de la seguridad espiritual. Recogiendo madera y juncos, construye una balsa y por este medio consigue alcanzar la otra orilla. El Buda confronta entonces a sus monjes con una pregunta:

«¿Qué opinarían ustedes de este hombre, sería sensato si por gratitud para con la balsa, que le ha permitido cruzar el río y ponerse a salvo, habiendo llegado a la otra orilla, se aferrara a ella, la cargara sobre sus espaldas y caminara por todas partes llevando su peso?»

Los monjes replican: «No, ciertamente el hombre que eso hiciera no sería sensato».

El Buda prosigue: «¿No sería sensato el hombre que abandonó la balsa (que ya no le servía) a la corriente del río y siguió su camino sin volver la cabeza para mirarla? ¿No es acaso un simple instrumento, que debe arrojarse y desecharse una vez que ha servido a la finalidad para la cual fue construido?»

Los discípulos concuerdan en que ésta es la actitud correcta que debe adoptarse ante el vehículo una vez que ha servido a su finalidad.

El Buda entonces concluye: «De la misma manera el vehículo de la doctrina debe ser arrojado y desechado una vez que se alcanza la otra orilla de la Iluminación (nirvana)».[1]

Las reglas de la doctrina están dirigidas a los principiantes y a los discípulos avanzados, pero carecen de sentido para el perfecto. No sirven de nada al verdaderamente iluminado, salvo que, en su papel de maestro, las utilice como medio de sugerir la verdad que ha alcanzado. A través de esta doctrina, Buda trató de expresar lo que había conocido, bajo el árbol, como inexpresable. Podía comunicarse con el mundo mediante su doctrina y así ayudar a sus discípulos inmaduros cuando estuvieran prontos a emprender el camino o a mitad de él. Rebajando el nivel de las palabras hasta la altura de una ignorancia relativa o total, la doctrina puede conmover la mente aún imperfecta pero ardiente; pero no puede decir nada más, nada definitivamente real, a la mente que ha rechazado las tinieblas. Por lo tanto, como la balsa, debe ser dejada atrás una vez que la meta ha sido alcanzada; porque de allí en adelante no puede ser más que una carga incómoda.

Además, no sólo la balsa sino también el río se torna vacío de realidad para el que ha alcanzado la otra orilla. Cuando alguien que la ha alcanzado se vuelve a mirar de nuevo la tierra que ha quedado atrás, ¿qué es lo que ve? ¿Qué puede ver alguien que ha cruzado el horizonte más allá del cual no hay dualidad? Mira, y no hay «otra costa»; no hay torrencial río separador; no hay balsa; no hay barquero; no puede cruzarse el río inexistente. Sencillamente, ha desaparecido por completo la escena de las dos riberas y el río. No hay tal cosa para el ojo y la mente iluminados, porque ver o pensar en algo como si fuera «otro» (una realidad distinta, diferente del propio ser) significaría que aún no se ha alcanzado la plena Iluminación. Puede haber «otra orilla» sólo para gente que aún está en los planos de la percepción dualista: los que están de este lado del río o todavía dentro de la barca y encaminados hacia la «otra orilla»; los que aún no han desembarcado y arrojado la balsa. La Iluminación significa que la engañosa distinción entre las dos costas, como si una tuviera existencia mundana y la otra trascendental, ya no puede sostenerse. No hay un río de renacimientos que corre entre dos costas separadas; no hay ni samsara ni nirvana.

Así, el largo peregrinaje hacia la perfección a través de innumerables existencias, motivado por las virtudes del autorrenunciamiento y cumplido a costa de tremendos sacrificios del ego, desaparece como un paisaje de sueños cuando uno despierta. La larga historia de heroísmos, las muchas vidas de creciente unificación, la leyenda ilustrada de un desapego obtenido a través de una larga pasión, la santa epopeya del modo de convertirse en salvador —iluminado e iluminador— se desvanece como un arco iris. Todo se vacía, mientras que antes, cuando el sueño se desarrollaba paso a paso, con recurrentes crisis y decisiones, la interminable serie de dramáticos sacrificios mantenía al alma continuamente bajo su hechizo. El sentido oculto de la Iluminación es que este titánico esfuerzo de la pura fuerza anímica, esta ardiente lucha para lograr la meta por actos, siempre renovados, de autorrenunciamiento, esta larga y suprema lucha a través de eras de encarnaciones para liberarse de la ley universal de la causalidad moral (karma), carece de realidad. En el umbral de su propia realización se disuelve, junto con sus antecedentes de vida, como una pesadilla con el despuntar del día. Por lo tanto, para el Buda hasta la noción de nirvana carece de sentido. Está ligada a un par de opuestos y puede emplearse solamente en oposición a samsara, el torbellino donde la fuerza vital está hechizada en la ignorancia por sus propias pasiones polarizadas: el temor y el deseo.

El método budista de preparación ascética tiene como finalidad hacer comprender que no hay ego sustancial —ni ningún objeto en ninguna parte— que dure, sino sólo procesos espirituales que surgen y amainan: sensaciones, sentimientos, visiones, que pueden ser reprimidas o puestas en movimiento y observadas a voluntad. La idea de la extinción del fuego de la voluptuosidad, la mala voluntad y la ignorancia pierde sentido cuando se ha alcanzado este poder psicológico y este punto de vista; porque el proceso vital ya no se experimenta como un fuego ardiente. Por lo tanto, hablar en serio del nirvana como una meta que ha de alcanzarse es simplemente revelar la actitud de alguien que todavía recuerda o experimenta el proceso como un fuego ardiente. El Buda mismo adopta esa actitud sólo para enseñar a quienes aún sufren y quisieran extinguir las llamas. Su famoso «Sermón del fuego» es una adaptación, y de ningún modo la última palabra del sabio, cuya expresión definitiva es el silencio. Desde la perspectiva del Despierto, del Iluminado, verbalizaciones opuestas como nirvana y samsara, ilustración e ignorancia, libertad y esclavitud, carecen de referencia y de contenido. Por esta razón el Buda no quiere discurrir sobre el nirvana. La irrelevancia de las connotaciones que inevitablemente parecerían desprenderse de sus palabras confundiría a quienes trataran de seguir su misterioso camino. Como están todavía en la barca formada por estas concepciones y las necesitan como medio de transporte para llegar a la orilla del entendimiento, el maestro no negará ante ellos la función práctica de esos términos tan convenientes; pero tampoco les dará importancia discutiéndolos. Palabras como «iluminación», «ignorancia», «liberación» y «encadenamiento» son auxilios preliminares que no se refieren a una realidad última; son meras indicaciones o señales para el viajero, y sirven para indicarle la meta de una actitud que se encuentra más allá de las oposiciones que ellas mismas sugieren. Habiéndose abandonado la balsa y perdido la visión de las dos riberas y del río que las separa, entonces, en verdad, no hay reino de vida y muerte, ni liberación. Además, no hay budismo; no hay barca, puesto que no hay ni orillas ni aguas intermedias. No hay barca, y no hay barquero; no hay Buda.

Por ende, la gran paradoja del budismo es que ningún Buda jamás ha venido a iluminar el mundo con enseñanzas budistas. La vida y misión de Gautama Sakyamuni no es más que una incomprensión general de parte del mundo no iluminado, útil y necesaria para guiar el espíritu hacia la iluminación, pero que debe descartarse si —por ventura— la iluminación ha de alcanzarse. Un monje que no consigue desembarazarse de tales ideas, se adhiere con ellas al engaño general y mundano que él mismo cree estar tratando de dejar atrás. Porque, dicho en pocas palabras, mientras se considere al nirvana como algo diferente del samsara, queda todavía por superar el error más elemental acerca de la existencia. Estas dos ideas reflejan actitudes contrarias del individuo semiconsciente con respecto a sí mismo y a la esfera exterior en la que vive; pero, allende este ámbito subjetivo, carecen de sustantividad.

El budismo —credo popular que ha obtenido reverencia en toda Asia Oriental— contiene esta atrevida paradoja en su raíz misma; la más asombrosa interpretación de la realidad jamás susurrada al oído de un ser humano. Por lo tanto, todos los buenos budistas tienden a evitar las afirmaciones acerca de lo que existe y de lo que no existe. Su «camino intermedio» se mantiene como tal simplemente señalando que la validez de una concepción es siempre relativa a la posición que uno ocupa en el camino del progreso que lleva de la Ignorancia a la Budeidad.[2] Las actitudes de afirmación y de negación pertenecen a seres mundanos que se encuentran en esta orilla de la ignorancia, y a personas piadosas que avanzan en la abarrotada barca de la doctrina. Un concepto como el de Vacuidad (sunyata) sólo puede tener sentido para un ego que se apega a la realidad de las cosas; para quien ha perdido la sensación de que esas cosas son reales, semejante palabra no puede tener sentido. Y, sin embargo, palabras de esta clase perduran en todos los textos y enseñanzas. En realidad, el gran milagro práctico del budismo es que términos de esa clase, usados con éxito como trampolines, no se convierten en piedras sobre las cuales fundar y erigir un credo.

Nota mía: Las palabras subrayas del texto indican que se han suprimido los caracteres fonéticos en sánscrito y pali que aparecen en el original porque no los reconoce el blog. El título original es Philosophies of India (1951) y los derechos pertenecen a Bollingen Foundation New York, N. Y.

 

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

Copyright © 2009 Editorial Sexto Piso, México DF.


[1] Majjhima Nikaya, 3. 2. 22, 135.

[2] La Budeidad, la esencia o cualidad de ser un Buda, un Iluminado. (N. del T.)

Reflexiones sobre la moral #sersiendo

“Lo que hace tan difícil ver el mundo con claridad
no es su extrañeza, sino su normalidad.
La familiaridad puede cegarnos.”
Robert Pirsig
“Es necesario comprender para creer,
pero hay que creer para comprender.”
Paul Ricoeur
Estoy leyendo un manuscrito inquietante: Lila, indagación sobre la moral de Robert Pirsig (pronto saldrá publicado en español por primera vez en la Editorial Sexto Piso / YA SALIÓ, leer adelanto aquí). Este texto habla de nuestras dudas acerca de las cosas que decidimos o no en un momento determinado, habla sobre la sociedad y cómo se deciden cuáles actitudes son morales y cuáles no. (Yo me considero una libre pensadora, me gusta indagar profundo en las ideas que tengo. Cuando leo un texto que me motiva a pensar más, a vivir mejor, siempre me siento recompensada y feliz de ser una lectora apasionada.) Veamos algunos datos biográficos de Pirsig…
Robert Pirsig (1928) es un escritor norteamericano nacido en Minneapolis, su primer libro es Zen y el Arte del Mantenimiento de la Motocicleta: Una Indagación sobre los Valores. En él esboza su filosofía sobre lo que Pirsig llama Metafísica de la Calidad a través de una historia autobiográfica en la cual relata su viaje en motocicleta a través de EEUU. Se publicó por primera vez en 1974 y aún se mantiene vivo en el gusto de los lectores. En ese mismo año el autor fue reconocido con el Premio Guggenheim por su trabajo. La secuela de Zen y el Arte… es Lila…, del cual les platico hoy, publicado por primera vez en 1991 (en inglés).
Pirsig fue un niño precoz, con un coeficiente intelectual alto (IQ) y con problemas de tartamudez. La escuela formal fue un problema para él, se le dificultaba mucho. Luego estudió en la Universidad de Minnesota en 1943, de la que fue expulsado, y estuvo dentro del ejército de los Estados Unidos en Corea, volvió y recibió finalmente su licenciatura en letras en 1950. Luego asistió a la Universidad Hindú de Benarés en la India para explorar más a fondo la filosofía oriental. En 1954 se casó con Nancy Ann James, y tuvieron un hijo, Chris, en 1956 y un segundo hijo, Theodore (Ted) en 1958. Se ganó la vida aceptando trabajos como autónomo y enseñando Inglés de primer año, Pirsig estuvo en 1960–1963 entrando y saliendo de instituciones mentales, sufrió en esa época un colapso mental; fue tratado con terapia de electroshock. Pirsig se divorció de Nancy en 1978, casándose más tarde con Wendy Kimball. La pareja tuvo una hija, Nell, en 1981. Ha publicado algunas cosas más aparte de sus dos obras principales y evita ser el centro de atención, ha viajado a menudo por el Atlántico en barco, ha vivido en varios lugares de los Estados Unidos así como también en Suecia e Inglaterra. En 1979, el primer hijo de Pirsig, Chris – que había jugado un papel importante en Zen y el Arte del Mantenimiento de la Motocicleta – fue apuñalado en un robo en San Francisco.
zen-pirsig2“Pirsig plasma en este maravilloso libro el significado mismo de lo que el viaje representa en nuestras vidas: ya sea como el seductor anhelo de experimentar aventuras a través de diferentes lugares en un sentido estrictamente físico, o como el recorrido por parajes de carácter puramente espiritual. Zen y el arte de la mantención de la motocicleta conjunta ambos sentidos, apareciendo a nuestra mirada como un gran viaje iniciático, cuyo vehículo es una motocicleta.
Una de las grandes enseñanzas de este relato, que a la vez es una reflexión sobre la filosofía de todos los tiempos, radica en mostrarnos que de las cosas más simples y a primera vista menos relacionadas con el carácter profundo del mundo, como lo puede ser una motocicleta, podemos extraer la savia misma de la existencia. El viaje de Pirsig, por analogía, es el viaje de todo aquel que de alguna forma esté buscándose a sí mismo. Y el resultado generalmente es inesperado, sobre todo cuando, como le sucedió al autor, el punto de llegada y el punto de partida se encuentran fuera de él, en un otro, en un alter ego, en este caso llamado Fedro, clara referencia al tipo de locura benéfica de la que habla Platón. Pirsig y Fedro, su doble, son las dos caras del viaje que es la vida misma. Al final lo único que queda es una ligera certeza: los nombres cambian, mientras el viaje continúa indefinidamente.”
Entremos ya al tema de la moral… pero ¿qué es la moral? ¿de qué se trata eso de ser moral?

La moral son un conjunto de normas y creencias establecidas por un grupo social que rigen el comportamiento, la manera de actuar, establecen qué es lo “malo” y lo “bueno” con respecto a una acción. “Moral” proviene del latín mores que significa costumbre, digamos que el término moral no es por sí mismo bueno o malo sino que las costumbres son las que se vuelven perniciosas o benéficas. Está muy relacionado con la ética. Sólo que la moral va más allá y incluye también reflexiones del tipo metafísico: por encima de lo físico. Tiene que ver con cuestiones más abstractas como el Ser. Como la moral es un “producto” de un grupo humano está sujeta también a la cultura de dicha gente, a su historia, evolución y origen. (Aunque algunos como Scheler defienden que los valores morales son independientes del tiempo y del espacio, son indestructibles.)

“Un punto importante es que la moral depende de la experiencia, no sólo individual sino colectiva.”

Es un convenio de ese grupo, una aceptación, y funciona como una “ley” controladora de la vida pública y en sociedad. Busca que tengamos una especie de guía, de código de acción que permita que las cosas no se salgan de control, en otras palabras REGULA, CONTROLA, OBLIGA. La moral en todo caso tiene que ver con el valor de las cosas, de las actitudes, de lo que pensamos.

El valor (juicios de valor también se les llama) es una cualidad que hace que las cosas sean estimadas como positivas o negativas por los demás y por ti mismo: un axioma, una “verdad evidente” que no requiere demostración porque se justifica a sí misma. Estos valores para quienes hacen uso de ellos son reconocidos -casi por costumbre- como verdades universales, necesarias e inmediatas. Aunque no siempre lo son. Decía Hegel que la moral tenía dos formas diferentes, una subjetiva y otra objetiva, que una moral sólo subjetiva no era suficiente. Por ejemplo, si una persona tiene la buena voluntad y cree que obra bien eso es tan sólo una forma de moral, para que su actitud sea completamente “buena”, tiene que ser también “buena objetivamente”, tiene que caber y estar dentro de la ley moral que establece su propia sociedad, dentro de lo que dicen sus leyes, normas, usos y costumbres.


Un punto importante es que la moral depende de la experiencia, no sólo individual sino colectiva. Algunas experiencias pueden cambiar los valores de una cultura progresivamente (incluso de manera abrupta), como sucede por ejemplo cuando hay guerras, masacres, catástrofes, atentados terroristas o la aparición de ciertas tecnologías como el internet. Los valores por lo tanto son cambiantes, relativos. Los cambios pueden ser para bien o para mal y esa condición sólo es posible saberla más adelante, con el tiempo, no se puede evaluar qué sucede con el cambio de un valor social en el mismo momento en que se produce. Los valores tienden a tener una función práctica, pragmática, a veces no la tienen intrínsecamente pero los humanos se las otorgamos como una concesión.

La vida emocional del ser humano está llena de valores morales y el saber emotivo está por encima de cualquier otro tipo de saber. Cuando juzgamos algo no es una acción de la mente únicamente, sino que las emociones son invitadas al juicio y se sienten EN PRIMERA FILA. De allí que las pláticas sobre la moral y la ética, sea un asunto espinoso y que conduce a controversias acaloradas. Inacabables.
(Silencio, uhm uhm…)
Las sociedad antiguas, también las generaciones pasadas, pensamos que fueron más morales, más recatadas que las actuales. Pirsig me ha hecho indagar más allá y revisar esa idea aceptada y casi masiva. Cuando eres padre o madre en este siglo XXI siempre te acosan las historias de que los jovenes están perdiendo trágicamente los valores morales, que ahora todo está permitido, que ya no hay control, en resumen que nuestros hijos están viviendo en una cultura del libertinaje desenfrenado. Resulta que según Pirsig las sociedades más antiguas son las más estáticas y por ende son menos morales. Me explico.

Estático significa que los valores morales son más rígidos y menos abiertos a los cambios, esto tiene una finalidad: mantener el orden ya establecido, que la gente y sus actitudes no se salgan de la norma, cuidar la supervivencia, que la gente no ande por allí rompiendo las leyes y la forma “correcta” de vivir, la que socialmente está bien visto. Antes, digamos las generaciones y sociedades anteriores funcionaban apegados a esos valores que les han permitido sobrevivir por mucho tiempo: IGUALES. Sin mucha variación.

En cambio, nuestros jóvenes y este mundo globalizado son DINÁMICOS. Están más abiertos a las innovaciones, en todos los ámbitos incluso en el moral, por lo tanto los DILEMAS para todos crecen (incluso para ellos), hay más reflexiones sobre la moralidad porque la gente se cuestiona más, tiene más opciones, y también más información sobre lo que ocurre en otros lados del mundo. De allí que Pirsig diga que hoy por hoy las sociedades son más morales que antes.

“Lo dinámico es también caótico, porque es un proceso emergente. Lo estático es ordenado, predecible: igual, status quo.”

Lo Dinámico está relacionado con la capacidad de introducir elementos nuevos, ideas, maneras de actuar, y especialmente con tener la libertad para probar esos nuevos caminos sin que nadie apruebe que estás haciéndolo bien. Cuando se vive así, no esperas que alguien te diga “ya lo hice y resultó bien”, tú lo haces primero sin esperar que otro lo pruebe o lo apruebe. Las grandes ciudades del mundo y las más importantes son las que se mantienen dinámicas. Los grupos humanos e individuos que sobreviven mejor son los que se mantienen más dinámicos.

Viene un punto muy bueno e útil de su filosofía. Lo Dinámico por sus propias características es más débil (paradójicamente) ante sus propios procesos de auto-destrucción. Ese mismo dinamismo lo hace fuerte para algunas cosas y débil para otras. Está condenado a la destrucción sino opera también de forma estática, si en algún momento de estar dinámico no regresa a lo estático para equilibrar, recomponerse, para su próximo ataque de dinamismo. Lo dinámico es también caótico, porque es un proceso emergente. Lo estático es ordenado, predecible: igual, status quo. La cuestión clave es la sabia combinación de ambas condiciones en los valores morales. Porque lo estático por sí solo conduce al anquilosamiento y lo dinámico, solito, al desastre, la anomia: la falta de sentido.

Juan, mi personaje hipotético y querido de siempre, nos demuestra con sus acciones la idea de Pirsig en su libro Lila: Indagación sobre la moral.
De una forma esquemática, ficcionada… ¿real?
Juan va todos los días al trabajo por el mismo camino, toma el metro en la estación Rosa, se baja en la estación Verde, camina siempre sobre Av. Norte y al final dobla a la derecha y llega a su oficina. Un día tras otro. Juan se aprende el camino de memoria, ni siquiera tiene que pensar para que su cuerpo -en un acto casi involuntario- le lleve a su trabajo. Él está libre de duda, siempre se ha ido así y nunca ocupa tiempo de su vida en pensar que podría irse de otra forma, tampoco lo necesita. Su vecino que trabaja con él y vive en su mismo edificio toma esa ruta: su ruta.
Un día pasa algo inusitado la Estación Verde está cerrada. La Estación Rosa también. Por un día cerraron ambas estaciones. En ese momento construye una nueva ruta en su cabeza, sale y la hace, llega felizmente al trabajo, pero descubre que la variación del camino le ha acercado a tantas cosas nuevas que no conocía. Ahora variará la ruta, cada día buscará una diferente. Se siente bien, algo le vibra adentro.
(Lo dinámico ha entrado y modifica a lo estático.)
Pero qué sucede si Juan siempre toma un camino nuevo, todos los días uno nuevo, que su mente estará estimulada en cada trayectoria al trabajo, cada día. Y ya está agotado de tanto conocer cosas nuevas, verlas, apreciarlas. Necesita y extraña la cotidianidad y costumbre de su primer trayecto, el original: su ruta. La que le permitía leerse un buen libro porque afuera ya no había más nada nuevo por conocer, ya lo había visto infinidad de veces; el que le permitía ir al trabajo casi como autómata y le consumía menos energía corporal, mental y emocional. Decide volver a tu antigua rutina, pero ya sabe que existen otras. Ahora hace el camino original pero tiene duda, sabe que al tomar su ruta anterior eligió, no como antes que al conocer sólo una ruta no había más nada, ni duda, ni opciones. Más adelante cuando extrañe irse por rutas diferentes otra vez, lo podrá hacer sin problemas. Juan tiene dudas pero también posee más libertad.
PD: Cuando acabe el libro completo subiré una reseña más acuciosa. La inquietud que tengo es dinámica por ahora.
Lila: an Inquiry into Morals: Libro finalista del Premio Pulitzer de ficción en 1991. La historia trata del viaje del autor (su alter ego Fedro) por el Río Hudson en bote. En su viaje se encuentra e invita a viajar con él a Lila, una mujer problemática, absolutamente DINÁMICA, y que está a punto de un colapso mental. El libro propone una crítica sin parangón al campo de los estudios antropológicos y su “supuesta” objetividad. Pirsig sostiene que esa objetividad es la que convierte al campo antropológico en algo ineficaz. Utiliza su teoría sobre la realidad de nombre Metafísica de la Calidad para explicar la incapacidad que tienen las sociedades occidentales para entender los valores y perspectivas de las culturas indígenas. Afirma algo sorprendente que los valores de la cultura blanca (anglosajona) son el resultado de una mezcla de los valores morales europeos con los de los pueblos nativos americanos.
Abrazos,
T.R.
Siete días después…
Reflexiones sobre la moral.- Segunda parte
“Lo que uno ha experimentado, lo ha experimentado.”
Alfred North Whitehead
Ya terminé de leer Lila: indagación sobre la moral de Robert Pirsig. Lo que más me impresiona de este manuscrito es la sensibilidad y a la vez la rabia de Pirsig. Se nota que es una persona con una capacidad abierta de experienciar la vida, eso es muy valiente, y al mismo tiempo, sus letras dejen entrever que ha sido lastimado muchas veces (por su mundo exterior y por su mundo interior -él a sí mismo). Es una reflexión cercana al lector porque todos hemos pasado por esos dos tipos de sufrimientos que devienen de la confrontación primero con el orden social, con la cultura, y luego con el yo, el ego… la auto-angustia por nuestros dilemas más íntimos.
Pirsig creó la Metafísica de la Calidad (MC de ahora en adelante) como una propuesta acerca de cómo funciona el mundo y el ser humano, cómo están engranadas las diferentes esferas -biológica, social, cultural y moral- necesarias para que vivamos y sobrevivamos en este planeta. Si bien no es la primera vez que se intenta una filosofía basada en la experiencia (empírica), es interesante el libro de Pirsig porque va deconstruyendo (desmontando) la estructura sobre la que se ha edificado el pensamiento occidental, específicamente la idiosincrasia y el modo de pensar del estadounidense.
Es un libro sabio en tanto que hace que el lector recorra de la mano de Pirsig sus argumentos, sus dudas, su rabia, sus deseos y finalmente encuentre su propia filosofía de la vida. Este proceso de descubrimiento personal nace de la confrontación y la resistencia a sus propuestas, pero a medida que avanza uno en la lectura se produce un estado de empatía y complicidad con Pirsig. Un libro que nos cambia la vida es un libro que se va transformando en nuestra piel mientras lo leemos. Lila es uno de esos.
Habría que contextualizar la reseña un poco. Veamos.
Este libro se publicó en 1991, ya había colapsado el muro de Berlín, la URSS se desintegró dando como resultado muchos estados independientes. También por estos años se dieron los cambios necesarios para que aparecieran el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial un poco después; las políticas económicas de un EE. UU. convertido en la única súper potencia cambian para siempre al mundo y arranca lo que hoy se conoce como la globalización. Clinton está al mando de la presidencia estadounidense guiando un crecimiento inusitado de ese país y nació también la Unión Europea (UE) como incipiente bloque político-económico. Algunos países como Chile, Guatemala, Paraguay, están en transición de unas dictaduras nefastas pasan a la democracia; en México comienza la acción que finaliza con el levantamiento zapatista en 1994 y Argentina -como casi todo los países de Occidente- adopta una economía neo liberal. La década termina con una América Latina sumida en una desigualdad social de la que aún no hemos podido salir. Nace el internet también, un avance tecnológico revolucionario, cambiando cada vez más la forma de comunicación humana.
Este contexto es importante para la reseña porque fue en el que Pirsig escribió y publicó Lila -por primera vez. Sin embargo, Pirsig creció dentro de un EE. UU. aún con costumbres muy victorianas, luego le tocó la Segunda Guerra Mundial y ya más adulto vio pasar a la generación de los sesenta (hippie). Ha vivido todo este gran cambio del mundo y de su país. Hoy tendrá unos ochenta años. Pirsig calificado “loco” mil veces, le decía YO a una amiga, que ya quisiéramos todos su tipo de locura aunque sea por un ratito.
Volvamos a la trama.
Usando como excusa la crónica de un viaje (metáfora del viaje interior), Lila relata las travesías de Fedro (el personaje central) en su bote por el Río Hudson. Durante éste Fedro conoce a Lila quien encarna (representa) durante todo el libro los avances y retrocesos del protagonista en su búsqueda de la verdad absoluta de la moral. Lila no es precisamente una persona intelectual ni estudiada, pero tiene ese sabiduría que da el haber vivido mucho y en circunstancias fuertes. Fedro es un intelectual, filósofo empírico, un amante de la deducción, de la observación del comportamiento humano. Son dos personas raras después de todo, cada una en su estilo, un tanto solitarios, un tanto rebeldes al sistema social. No encajan pues entre las personas digamos “normales”. (Diría mi hijo que son muy freaks.) A medida que ellos se conocen, y por el interés de Fedro de entender a Lila y de explicar la brecha que separa la filosofía del blanco estadounidense de la de los indígenas del mismo país, se adentran también en el concepto de choque cultural. No sólo muestra el choque cultural entre dos culturas (la blanca y la indígena) sino entre dos culturas individuales (la de Fedro y la de Lila). Esto es interesante. Pirsig usa la analogía del choque cultural -estudiado por la antropología y la psicología- para afirmar que las ideas y creencias de cada individuo funcionan como una cultura personal, y cuando tratas de entenderte con otra persona, es como si estuvieran chocando dos culturas enteras.
La Metafísica de la Calidad de Pirsig incorpora elementos de diferentes corrientes o tradiciones filosóficas: budismo zen, pragmatismo, el trabajo del filósofo norteamericano F.S.C. Northrop, y la de los indígenas norteamericanos. Su queja principal se la hace al dualismo tradicional sujeto-objeto, del cual dice es un lente muy equivocado y pobre para ver la realidad y tratar de explicarla. Las experiencias místicas cobran importancia dentro de su propuesta, como la puerta a través de la cual se puede eliminar la separación artificial entre lo que que creemos que somos (subjetivo) y lo que pensamos que percibimos (objetivo). El valor o la calidad -tal como la describe Pirsig- no es de verdad definible, ya que es empíricamente anterior a cualquier construcción mental o intelectual. Para Pirsig la Calidad es la fuerza fundamental del Universo que estimula desde los átomos hasta a los animales a evolucionar y a adquirir nivelas más altos de Calidad. Incluyendo a la mente, a las ideas y a la materia, todo es un producto y resultado de la Calidad.
Regresemos al asunto de lo Dinámico y lo estático de su propuesta.
Los patrones de calidad estáticos están estructurados mientras que la Calidad Dinámica no tiene un patrón. Cuando la Calidad Dinámica se vuelve hábito se convierte en un patrón estático. En su metafísica no existe dualidad, como en la oposición sujeto-objeto, sólo hay Calidad que se manifiesta de diferentes maneras. La Calidad Dinámica es un evento anterior a la interpretación intelectual de la realidad, es pre-intelectual. Sucede en tiempo presente mientras estamos contemplando la realidad en el mismo momento en que lo hacemos. Con algo de retraso (delay), luego de contemplarla, le otorgamos a esta experiencia una forma estática y entonces la describimos con emociones, palabras, cosas, etc. Estas formas estáticas ya nombradas con palabras (interpretadas a través de la simbolización del lenguaje) se intercambian con otras personas construyendo la base del conocimiento de la cultura, y de la comunicación. Esto me recuerda a Marià Corbí (Hacia una espiritualidad laica, Editorial Herder) cuando dice que los humanos tenemos una interpretación dual de la realidad: una experiencia relativa “que se nos muestra como estímulo para nuestra actuación (comportamiento), como significado para nuestra vida, como valor de supervivencia” y una experiencia absoluta de la realidad que “se nos presenta como ser y valor sin relación con nuestras necesidades, como separada, ab-soluta (suelta de) de toda relación con nosotros, como estando ahí, en sí misma”.
La Calidad estática es todo lo que se puede conceptualizar o reconocer como patrones formados, estructurados. Divide la Calidad estática en cuatro formas diferentes: inorgánica (cosas no vivientes), biológica (seres vivientes), social (comportamientos, hábitos, rituales, instituciones) e intelectual (ideas), las cuales van ascendiendo en términos morales. Los patrones intelectuales son más morales que los sociales, los sociales más morales que los biológicos, y así.
La división sujeto-objeto, opuesta a la Metafísica de la Calidad, es un modelo de interpretación heredado de la época del racionalismo (siglo XVII, la figura central es Descartes), en el cual la razón tiene un papel primordial en la producción del conocimiento. El empirismo, más cercano a la MC, resalta el papel de la experiencia en la formación de las ideas, sobre todo de la percepción como fuente de conocimiento, es la fuente de primera mano. En la MC dicha fuente está constituida por valores (la valoración de algo), ese es el centro del cual parten las demás nociones de un mundo, las demás interpretaciones de la realidad. Y la evolución que afirma Pirsig consiste en una progresión moral de estos patrones de valor.
Los conflictos entre los diferentes patrones son los que producen el sufrimiento imperante en la sociedad actual, pero también conllevan a su “moverse de lugar”. Además fomentan su mutación (como las narradas en Los Bárbaros de Baricco). Usemos varios ejemplos de Pirsig.
Un conflicto entre los patrones sociales y los biológicos podría ser en de las revistas pornos en los quioscos. Te atraen y al mismo tiempo te repelen. Una parte de uno quisiera ojearlas directamente en el quiosco (¡biología pura!), pero otra parte desea apartarse de las revistas (no es correcto ni moral ver pornografía). Como el patrón biológico viene debajo del patrón social en la escala del MC, no ver las revistas se convierte en algo más moral que verlas.
Sucede lo mismo con la fama, ser reconocido por la sociedad. Se ha convertido en una fuerza organizadora de la evolución social. Es la atracción por la celebridad, y por el dinero que ésta trae aparejado. Hay personas que son capaces de lanzarse en un barril por las Cataratas del Niágara para ser famosos, así hay asesinos que matan para ser famosos, personas que se matan de hambre (anoréxicas) para ser famosas, etc. De allí nace el conflicto, a través del cual sentimos una diferencia entre lo que realmente somos y lo que queremos ser ante los demás.
Un patrón social, lo que todos pensamos que es bien visto, devora un patrón de valores intelectuales, la idea que uno tiene de sí mismo. Eso es inmoral porque el patrón intelectual está por encima actualmente de los patrones sociales. Un patrón social (la mujer anoréxica es bonita) devora a un patrón biológico (la mujer necesita alimentarse bien para estar sana). Así en la naturaleza de los patrones en conflicto y de su respectiva posición se puede reconocer cuando algo es inmoral o no, por la posición del patrón que está teniendo la ventaja o el que está siendo más elegido (por los humanos) con respecto a la escala evolutiva moral de la MC.
Atendiendo al modelo de Pirsig, un patrón intelectual (unas ideas) también puede convertirse en uno social, es el caso de los Derechos Humanos, esto se consideraría un desarrollo moral porque el patrón intelectual es una forma más alta de evolución que la sociedad.
Espero les despierte la curiosidad por leerlo…
T.R.

“El Buen Canario”: ¿pía, grazna o canta?

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Hoy tuve la fortuna de poder leer el guión completo de la obra de teatro El Buen Canario (The Good Canary) de Zach Helm, un escritor y director de cine norteamericano. Digo fortuna porque, además de ser un guión de una puesta en escena innovadora y multiartística, da en el clavo de problemas y conflictos muy actuales y profundos, no sólo de los escritores y su mundo, sino de las relaciones humanas en general. Tiene un humor negro muy muy bueno. Helm ha escrito también la obra Last Chance for a Show Dance y los guiones de dos películas que me gustan mucho: Más extraño que la ficción (Stranger than Fiction, USA, 2006) dirigida por Mark Forster y Mister Magorium (Mr. Magorium’s Wonder Emporium, USA, 2007. Sobre todo la primera, aunque la segunda me llevó hasta mi infancia y me sacó mil sonrisas (sí yo creía -y aún creo en la magia).

Bueno pero estoy aquí para hablarles de El Buen Canario, dirigida en México y Paris (2007) por John Malkovich y ahora está en cartelera en la Ciudad de México interpretada por Diego Luna, Daniel Giménez Cacho, Irene Azuela, Bruno Bichir, Jorge Zárate, Martín Altomaro y Yuriria del Valle. Es una producción de Mr. Mudd, Canana y Retrolab, que ha tenido muy buena taquilla hasta hoy en el Teatro Insurgentes. Es una obra muy fuerte, mordaz y suficientemente ácida para que el espectador sienta que al salir de la sala cambió, “algo” le cambió. Al menos eso espero cuando la vea la próxima semana. Por ahora, sólo he leído el guión que próximamente será publicado por Editorial Sexto Piso.

La historia narra la relación amorosa entre un escritor talentoso y aparentemente súper enamorado Jack Parker (Diego Luna) y su mujer Annie, adicta a las anfetaminas (Irene Azuela) y anorexica-bulímica. En el inicio nos parece poco común su relación, no nos reconocemos quizá en todas sus patologías y adicciones, pero a medida que avanza el guión, esa pareja Jack-Annie (o más bien Annie-Jack) se vuelve espejo de las relaciones que ya has visto a tu alrededor, las que ya conoces -incluso hasta de la tuya propia. Eso puede ser doloroso y contundente.

Junto con ellos aparecen otros personajes no menos interesantes, un agente literario llamado Charlie (Daniel Giménez Cacho), encarnación de la misoginia y del cinismo antipático, de la presión y chantaje al que se exponen los escritores cuando se topan con un mercenario que busca cerrar contratos cueste lo que cueste. El contrapeso, es Andrew Mulholland (Bruno Bichir), un crítico literario que tiene en sus manos -como muchos y gracias a la dinámica del mercado- el éxito o no de una novedad editorial; quien se vuelve pieza importante en el desenlace de la obra. Annie, está atormentada por una situación horrible de su niñez, al principio hasta sientes pena de Jack que tiene que soportar su adicción a las anfetas pero luego casi te colocas dentro la piel y del cuerpo de Annie, es muy fuerte, te mimetizas con el personaje y logras desmoronarte con ella, “caerte al hueco negro” donde se mete. Y hasta entiendes por qué puede reaccionar como lo hace. Jack quien parece estar enamorado de su mujer y hacer TODO por ella, le tomas simpatía, en un revés de la historia, pasa a una postura donde te da rabia, donde lo juzgas y lo perdonas a la vez. No sé. Podría decir que ambos personajes tienen una profunda soledad, una necesidad angustiosa y dolorosa de ser amados por lo que son y no lo consiguen.

Los temas sobre los cuales trata la obra son existenciales, humanos, muy humanos: ¿de quién depende el éxito y la felicidad de cada persona? ¿Cuánto puedes amar a alguien para permitir que sea ella misma aunque eso implique su destrucción (sirve también para las mujeres con respecto a sus parejas)? ¿Qué es lo que debemos hacer ante un ser amado que se te deshace en las manos, que no puedes asirlo ni menos disfrutarlo? ¿Por qué a veces nada nos satisface, nada de lo que suceda nos satisface? ¿Hasta dónde debemos ceder ante las peticiones del amante, hasta dónde es “sano” ceder? ¿Qué esconden los tratos a veces insanos entre las parejas? Más preguntas que respuestas, no sé si El buen canario de esta obra pía, grazna o canta (quizá aúlla más bien, no es gratis que la palabra canario venga del latín Canis)… vayan a ver la obra antes de que la quiten de cartelera. El guión vale MUCHO la pena. Espero decir lo mismo del montaje. (Nadir hace Mutis.)

Actualización

Ya regresé de ver la obra en el Teatro Insurgentes. No había una butaca vacía. El montaje es sin duda muy novedoso, lleno de nuevas e impresionantes tecnologías. Irene Azuela es la obra, se luce en el escenario y se “traga” a todo el resto del elenco, mil aplausos para ella. Supongo la actriz quedará agotada después de cada función porque lo deja todo sobre las tablas. Se fueron de gira para otras ciudades así que no pierdan la oportunidad de verla. En un México donde el teatro es casi patético, con contadas excepciones, es un alivio saber que se comienzan a representar buenas obras. Ojalá tengamos una pandemia de buen teatro en este año. Saber que Helm sólo tenía 22 años cuando la escribió, insólito! Bravo Helm.

+ información sobre la obra Sitio oficial / Carmen Aristegui habla de la obra y entrevista a Malkovich 1/2 / Carmen Aristegui habla de la obra y entrevista a Malkovich 2/2 / Spot de la obraEscenas

"El Buen Canario": ¿pía, grazna o canta?

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Hoy tuve la fortuna de poder leer el guión completo de la obra de teatro El Buen Canario (The Good Canary) de Zach Helm, un escritor y director de cine norteamericano. Digo fortuna porque, además de ser un guión de una puesta en escena innovadora y multiartística, da en el clavo de problemas y conflictos muy actuales y profundos, no sólo de los escritores y su mundo, sino de las relaciones humanas en general. Tiene un humor negro muy muy bueno. Helm ha escrito también la obra Last Chance for a Show Dance y los guiones de dos películas que me gustan mucho: Más extraño que la ficción (Stranger than Fiction, USA, 2006) dirigida por Mark Forster y Mister Magorium (Mr. Magorium’s Wonder Emporium, USA, 2007. Sobre todo la primera, aunque la segunda me llevó hasta mi infancia y me sacó mil sonrisas (sí yo creía -y aún creo en la magia).

Bueno pero estoy aquí para hablarles de El Buen Canario, dirigida en México y Paris (2007) por John Malkovich y ahora está en cartelera en la Ciudad de México interpretada por Diego Luna, Daniel Giménez Cacho, Irene Azuela, Bruno Bichir, Jorge Zárate, Martín Altomaro y Yuriria del Valle. Es una producción de Mr. Mudd, Canana y Retrolab, que ha tenido muy buena taquilla hasta hoy en el Teatro Insurgentes.
Es una obra muy fuerte, mordaz y suficientemente ácida para que el espectador sienta que al salir de la sala cambió, “algo” le cambió. Al menos eso espero cuando la vea la próxima semana. Por ahora, sólo he leído el guión que próximamente será publicado por Editorial Sexto Piso.
La historia narra la relación amorosa entre un escritor talentoso y aparentemente súper enamorado Jack Parker (Diego Luna) y su mujer Annie, adicta a las anfetaminas (Irene Azuela) y anorexica-bulímica. En el inicio nos parece poco común su relación, no nos reconocemos quizá en todas sus patologías y adicciones, pero a medida que avanza el guión, esa pareja Jack-Annie (o más bien Annie-Jack) se vuelve espejo de las relaciones que ya has visto a tu alrededor, las que ya conoces -incluso hasta de la tuya propia. Eso puede ser doloroso y contundente.
Junto con ellos aparecen otros personajes no menos interesantes, un agente literario llamado Charlie (Daniel Giménez Cacho), encarnación de la misoginia y del cinismo antipático, de la presión y chantaje al que se exponen los escritores cuando se topan con un mercenario que busca cerrar contratos cueste lo que cueste. El contrapeso, es Andrew Mulholland (Bruno Bichir), un crítico literario que tiene en sus manos -como muchos y gracias a la dinámica del mercado- el éxito o no de una novedad editorial; quien se vuelve pieza importante en el desenlace de la obra.
Annie, está atormentada por una situación horrible de su niñez, al principio hasta sientes pena de Jack que tiene que soportar su adicción a las anfetas pero luego casi te colocas dentro la piel y del cuerpo de Annie, es muy fuerte, te mimetizas con el personaje y logras desmoronarte con ella, “caerte al hueco negro” donde se mete. Y hasta entiendes por qué puede reaccionar como lo hace.
Jack quien parece estar enamorado de su mujer y hacer TODO por ella, le tomas simpatía, en un revés de la historia, pasa a una postura donde te da rabia, donde lo juzgas y lo perdonas a la vez. No sé. Podría decir que ambos personajes tienen una profunda soledad, una necesidad angustiosa y dolorosa de ser amados por lo que son y no lo consiguen.
Los temas sobre los cuales trata la obra son existenciales, humanos, muy humanos: ¿de quién depende el éxito y la felicidad de cada persona? ¿Cuánto puedes amar a alguien para permitir que sea ella misma aunque eso implique su destrucción (sirve también para las mujeres con respecto a sus parejas)? ¿Qué es lo que debemos hacer ante un ser amado que se te deshace en las manos, que no puedes asirlo ni menos disfrutarlo? ¿Por qué a veces nada nos satisface, nada de lo que suceda nos satisface? ¿Hasta dónde debemos ceder ante las peticiones del amante, hasta dónde es “sano” ceder? ¿Qué esconden los tratos a veces insanos entre las parejas?
Más preguntas que respuestas, no sé si El buen canario de esta obra pía, grazna o canta (quizá aúlla más bien, no es gratis que la palabra canario venga del latín Canis)… vayan a ver la obra antes de que la quiten de cartelera. El guión vale MUCHO la pena. Espero decir lo mismo del montaje.
(Taika hace mutis.)
Ya regresé de ver la obra en el Teatro Insurgentes. No había una butaca vacía. El montaje es sin duda muy novedoso, lleno de nuevas e impresionantes tecnologías. Irene Azuela es la obra, se luce en el escenario y se “traga” a todo el resto del elenco, mil aplausos para ella. Supongo la actriz quedará agotada después de cada función porque lo deja TODO sobre las tablas. Se fueron de gira para otras ciudades así que no pierdan la oportunidad de verla. En un México donde el teatro es casi patético, con contadas excepciones, es un alivio saber que se comienzan a representar buenas obras. Ojalá tengamos una pandemia de buen teatro en este año…!
PD: Saber que Helm sólo tenía 22 años cuando la escribió, insólito! Bravo Helm.
Más información sobre la obra:
Poster
Abrazos,
T.R.