En mi experiencia migrante, la memoria se vuelve fragmentada y la identidad se despliega entre mundos distintos. Este texto es una reflexión sobre cómo habitar recuerdos, vidas y espacios que no siempre se alinean.
El tiempo pasa, aunque no siempre de la misma manera para todas las personas.
Estas son unas fotos de cuando tenía los lentes negros que me encantaban; me aparecieron en los Recuerdos de Facebook. Son imágenes de encuentros del Círculo Humano en el Parque de México, en la CDMX. Mi México.
Fotografías de una vida que fue cotidiana y que ahora se presenta como archivo.
Con el paso de los años he ido perdiendo una noción clara del tiempo vivido en determinados lugares. Me cuesta recordar cuándo fue la última vez que estuve en México y en Venezuela.
En mi experiencia migrante, la memoria se mueve de manera distinta a la lineal: fragmentaria, asociativa y, a veces, inaccesible. Mi memoria se ha vuelto una memoria tipo Doris, la del pez que no logra retener lo que acaba de vivir: fragmentaria, desordenada, más asociativa que cronológica.
Mi cerebro parece organizar la información por capas. El país en el que estoy ahora, España, se impone como la capa más accesible, la primera. Después vienen los otros, en un orden que no siempre responde a la importancia emocional, sino a la supervivencia cotidiana. Venezuela ha quedado en la última capa. México en la capa intermedia.
A veces intento recordar el nombre de un lugar al que fui millones de veces en mi ciudad natal Caracas y no lo consigo. Ese vacío me impresiona. No tanto por el olvido en sí, sino por la facilidad con la que algo que fue central puede volverse inaccesible.
Memoria, identidad y extrañamiento
En ocasiones tengo la sensación de que quien nació, creció y vivió en Venezuela hasta los 29 años fue otra persona y no yo. No lo digo como metáfora exagerada, sino como experiencia concreta de extrañamiento. Como si esa vida perteneciera a alguien con quien comparto datos biográficos, pero no continuidad subjetiva.
Ayer me apareció otro recuerdo de Facebook, esta vez del último viaje a CdMx, y decidí anotar la fecha. No voy a México desde 2017. Casi diez años ya. A Venezuela no recuerdo ni siquiera cuándo fue la última vez. La ausencia de esa fecha dice más que cualquier número preciso.
No sé decir si todo esto me duele o no. Lo que sí puedo decir es que lo siento lejano, como una experiencia ajena. Y esa distancia me lleva a preguntarme qué es, en realidad, vivir una vida.
Si vivir consiste en recordar, en hilvanar una narración coherente, ¿qué ocurre entonces cuando la memoria es discontinua, fragmentada o está llena de innumerables olvidos? ¿Cómo vivimos las personas cuya experiencia no se ordena fácilmente en un relato estable?
Me pregunto cuál de todas las personas que he sido y estoy siendo soy yo, o si soy todas, o quién soy si es que eso puede llegar a saberse como algo concreto.
Quizás todas las memorias sean fragmentadas; vivir entre mundos distintos intensifica esos choques, y nos obliga a mirar cada fragmento preguntándonos quiénes somos cuando ninguna versión parece completa.
Claves para leer este texto
Pensar la memoria como algo necesariamente fragmentado, especialmente cuando la vida se despliega entre distintos países y tiempos.
Entender la experiencia migrante como una vivencia que reconfigura la identidad y la relación con el pasado, no sólo como un desplazamiento físico.
Permitir que las preguntas sobre quiénes somos permanezcan abiertas, sin forzar una narración cerrada o definitiva.
Nadir Chacín
Blog Ser siendo
Desarrollo personal con Perspectiva Feminista + Filosofía Slow + Paradigma de la Neurodiversidad
“Quizás vivir entre fragmentos no es olvidar, es habitar la memoria de varias vidas a la vez.”
nadirchacin.com
Dos episodios de mi podcast
Construyendo tu hogar (psicológico) portátil (Ep. 68)
¿Cómo ser un inmigrante feliz? (Ep. 58)
